Recordando a don
Julio Cortázar (1914-1984), admitiendo un poco mi fijación hacia sus "Instrucciones para
llorar"[1] y mi necesidad
monetaria -¿por qué no?-, un buen día me decidí a participar en un concurso que
por cierto no gané y esto fue lo que salió.
Casi siempre uno
hace lo mismo al llegar del trabajo: cenar, convivir con la familia, tal vez
leer algún libro, hojear una revista o mirar un rato el televisor para después
ir a la cama. Pero, ¿qué pasa entre ese ir y venir justo antes de levantar las
cobijas, acostarse, reflexionar tal vez un poco y luego cerrar los ojos para,
en el mejor de los casos, comenzar a dormir? Pues nada, la gente no se preocupa
en absoluto por ese momento de preparación mental y emocional y se distrae
yendo de aquí para allá y de allá para acá, mirando la tele, revisando que las
puertas estén cerras, que no se quede nada encendido en la estufa, que las
llaves del agua estén bien cerradas, que los niños se hallen ya acostados y
soñando con Morfeo, en caso de que se tenga hijos, y que el perro y el gato no
se estén peleando por un lugar para dormir, pues no todas las familias gozan de
felinos y caninos que no hagan honor a la riña habitual más antigua que el
propio mundo, en fin, siempre hay algo que hacer antes que ir a la cama. Para
este siglo, la gente duerme muy poco y vive otro poco así que ¿por qué no
empezar por hacer de nuestro sueño un momento sagrado? Primero que nada uno
debería prepararse para dormir como si fuera una ceremonia, usar el hilo dental
muy bien para sacar aquellas basuritas que pudieran haberse quedado escondidas
entre los dientes esperando habitar, crecer y desarrollarse hasta convertirse
en una gran caries. Cepillarse los dientes llega a ser muy mecánico, arriba,
abajo, arriba, abajo, escupir, círculos, círculos, raspar un poco la lengua,
escupir, buches de agua. Pero mientras uno hace esto puede mirar divertido las
contracciones de su rostro, el sufrimiento asqueroso de la lengua cuando es
cepillada, mirar si una arruga nueva ha salido o que tan guapo se mira después
del ajetreo diario. Hay personas que gustan de hacer algunas gárgaras con
enjuague bucal y luego irse a la cama. Hay otras que pasan de esto y saltan
directamente a ella con o sin pijama. En realidad, esto queda a disposición del
durmiente.
La cama debe
adaptarse a las necesidades del individuo. Las hay grandes, pequeñas, suaves,
duras, matrimoniales, individuales y hasta familiares. En caso de que no se
cuente con una; existen las colchonetas, los colchones inflables, los catres,
que suelen ser muy cómodos y flexibles cuando de tanto uso se hunden del centro
a modo de cazuelita y ¿por qué no? también está ese amplio y frío espacio denominado
suelo.
Ya que se ha
puesto el pijama o quitado la ropa, prosiga a levantar las cobijas con una mano
si es época calurosa o con las dos, si del invierno se trata, introdúzcase en
ellas y aguarde a que venga el sueño. Si éste tarda en llegar, puede
reflexionar sobre lo que hizo durante el día, planear lo que hará al siguiente,
recordar algún acontecimiento gracioso, sentirse miserable por es amor no
correspondido o enviar mensajes melosos en caso contrario. Si de plano ve que
esto no ayuda a conciliar el sueño cuente borregos o intente leer el libro más
aburrido que encuentre. Ojo, no lea uno que disfrute o puede que el sueño no llegue
sino hasta pasando varias horas o claree el alba.